miércoles, 3 de julio de 2013

Hablar en público, hacer presentaciones: el imperio del enfoque comercial...



El día 2 de julio tuvimos en mi empresa un curso dirigido a los compañeros de mi área en la organización denominado “Cómo hacer presentaciones y hablar en público” a cargo de  José María Palomares.
Con una efectividad indiscutible, hizo honor al objetivo de calar en nosotros algunas ideas-fuerza sobre cómo precisamente lograr que en nuestras presentaciones con ocasión de reuniones, conferencias, exposiciones corporativas o en trato con los clientes, calase en la audiencia nuestra propia idea-fuerza. Y a que nos preguntásemos (como reza el lema de promoción de su propio libro de Autoayuda destinado a darnos respuesta a estos interrogantes y aprender en una semana)si estamos preparados para hablar en público o tenemos la formación necesaria para realizar una presentación efectiva”.


Y digo irreprochable, pues conforme a un guión muy bien estructurado (1.- Mensaje; 2.- Audiencia; 3.- Técnicas; 4.- Recomendaciones y 5.- Fuentes de inspiración) expuso en menos de dos horas todo un abecé de la buena práctica de hablar en público. Y digo abecé pues algunas ideas precursoras del voluntarismo propias de aquellas publicaciones de autoayuda suelen reiterarse en distintos foros de formación parecidos [como el de “la relevancia pasa por ser diferente" (foto con cuatro cebras de frente y una de espaldas en este caso), que conocí en otro tiempo con “la teoría de las vacas azules”, o que “hacer una presentación es hacer una venta  emocional”, que hace referencia a la importancia de la inteligencia emocional a la que se alude mucho en los últimos años en charlas de este tipo, etc..

Con criterio transparente, J.M Palomares  nos alertó bien al comienzo de que para una presentación se debe aplicar  un enfoque comercial, lo que ya delimitaba honestamente el horizonte de habilidades que pasaba a continuación a describirnos. Y es aquí, o más exactamente  en la periferia de ese lugar prefijado, donde se me plantea la digamos que “crítica de la razón práctica” -al modo de algún filósofo decimonónico-  respecto de los axiomas de la comunicación que ya se han consolidado como moneda corriente del “saber popular” del  S. XXI… Y es que al igual que se dice que todo español es un experto entrenador de fútbol, puede decirse ya que igualmente es un sabio crítico de la efectividad de un anuncio televisivo o de una campaña publicitaria o electoral.











Vale que el objeto de una presentación sea tener claro qué se quiere conseguir de la audiencia, “concentrando tu idea-fuerza en una frase clara y concreta […] dando a la audiencia una razón para escucharte”. Pero es también verdad que enfatizar esa idea desde el principio, recuperándola al final en el resumen, una vez sorteado el espacio temporal en la parte intermedia en la que “se desentiende la audiencia” según una curva muy reproducida en la presentación que aquí se comenta, puede a su vez dibujar un formato de exposición más parecido a enarbolar un  eslogan (el mensaje al que estén subordinadas todas la imágenes de refuerzo, sin datos de demostración palpables) propio de las técnicas de publicidad  que a un verdadero ejercicio de persuasión por la palabra [más adelante citaría al profesor A. Mehrabian, que demuestra que ésta solo representa el 7%, siendo el resto voz -38%- y lenguaje no verbal -55%].

Se podrá argüir que lo que importa a fin de cuentas es introducir el mensaje, y que este sea no solo recordado sino hecho suyo por la audiencia… Pero un riguroso planteamiento de respeto a esa audiencia debiera incluir el de preservar su autonomía intelectual sin que pudiera siquiera sospecharse de intentar manipularla.
La deliberada ligereza promovida para las presentaciones (el ponente lo estructuró en ‘fácil’, ‘concreta’, ‘corta’, ‘sencilla’ y ‘directa’ –método Kiss- , indiscutibles condiciones “para ser escuchado”) habla del propósito originario de introducir una idea o mensaje en razón de lo liviano del esfuerzo con que penetra. En algún momento se llegó a hablar (en el apartado de Técnicas) de la utilidad de las storytelling (una vez más el discurso de líderes carismáticos como Martin Luther King o de triunfadores como san S. Job en Stanford, del que se nos hurtó esta vez la parte que a mí me parece muy interesante referida al sentido de la muerte), anécdotas y experiencias personales* (Barack Obama)  y…, muy inquietante, de la Repetición.

 







En un recién inaugurado programa televisivo en el que Ana Pastor revisa con su “equipo de investigación” la veracidad de las afirmaciones vertidas por personas de la vida pública (miembros del gobierno o responsables de la Administración por ejemplo), llega a demostrar con datos trabajadamente objetivos** que las ideas expresadas por aquéllos no por muchas veces repetidas, llegan a convertirse en verdaderas (clamorosa fue la demostración sobre el número de indultos realizados por cada gobierno, pillando a Gallardón en otra de sus falsedades dichas con cara de no romper un plato en su vida). ¿Quién no ha escuchado mil veces el “no hay más remedio que” (dando por hecho el incontrovertible fatalismo de decisiones  que sin embargo son voluntarias y de índole política e ideológica)?, ¿o esa más culpabilizadora de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”  hasta el punto de perpetrar la mentira de tomar por verdad del Todo la irresponsabilidad de una Parte?: Y esas ideas se expresan conforme al rigor de unas reglas técnicas enumeradas más arriba: basta con reiterar comparecencias con tales ideas-fuerza vía plasma o persona subordinada interpuesta todas las veces que hagan falta.

Dejo a un lado otros aspectos considerados por J.M Palomares que desencadenaban en mí otros interrogantes, como el supuesto de pasión (e incluso alegría) requerido al orador si pretende su objetivo, pues este no siempre sería vender la idea (por usar ya sin complejos este término independientemente de su naturaleza -un producto, un servicio o simplemente una consigna), sino en ocasiones pasar un trámite, cumplir con una obligación periódica, o más genéricamente, dar satisfacción a un encargo independientemente de la idea, intercambiable por cualquier otra en función de las instrucciones.

Habrá que reconocer que si la disposición al acudir a una presentación es efectivamente pasar un buen rato, entendiendo por tal que el esfuerzo intelectual esté descartado como base alguna de placer (charlas literarias, conferencias sobre cualquier tema filosófico, o hasta un seminario sobre Lacan, estarían entonces excluidas, y audiencia sin embargo tienen), se estaría hablando de aceptar una incondicionalidad de suyo con el mensaje en trance de recibir, solo exigiendo del orador el respeto a las reglas del entretenimiento así concebido: Una claridad del mensaje –estableciendo ya una complicidad con el objetivo, incluso sin que podamos asegurar su carácter de plausible-, una buena historia personal por aquí, algún buen vídeo por allá, y una administración de los tiempos que no lo hagan cansino.

Pero entonces habrá que reconocerse también que, si bien recordando el mensaje gracias a la eficacia de su comunicación, podamos abandonar la sala de reunión o conferencia con un regusto amargo: el de sabernos partícipes de un juego, en el que nuestro rol sea el de simple y reiterado receptor de aquellos mensajes de los que hacernos cómplices con tal de que se hayan trasladado con el rigor exigido conforme a las reglas de su transmisión entretenida, quedándonos eso sí,  espacio para la crítica de los detalles perfectibles del procedimiento de comunicación utilizado y dejando en un segundo plano el contenido, al modo con que igualmente criticamos al entrenador de nuestro equipo de fútbol por la estrategia y alineación utilizadas y no al juego mismo de sus jugadores.
 

(*) Para no ser menos el orador mismo aludió en algún momento de su exposición a su experiencia personal para ilustrarnos la ventaja de ensayar con presentaciones “menores” la presentación principal al modo como se corren carreras populares de menor número de Km.  para preparar el maratón anual en el que participa. [Está pendiente una investigación que analice la fascinación que ejercen en las presentaciones los retos concebidos por alpinistas cazadores de ochomiles así como los de atletas y corredores, singularmente de maratón: Al parecer para la autoayuda ya se dispone de ¡cómo no!, otro “Del sillón a la maratón” (en dos años)” de Antonio Ríos .
En otro orden de propuestas, recomiendo sin que tenga nada que ver con lo aquí expuesto,  el libro de Murakami  "De qué hablo cuando hablo de correr" .


(**) A este respecto, en la charla se descartaban por descontado todas las ‘slides’ (las ppt de una presentación) que contuviesen farragosas cifras o extensos datos de apoyo que distrajesen del propósito de protagonismo constante de la idea-fuerza principal. Según esto y otra inquietante reserva sobre la “conveniencia” o no de plantearse la interacción con la audiencia tras analizar a ésta –se proyectó una foto ejemplificadora de público presuntamente hostil en la que todos parecían ‘punkis-, quedarían los aspectos destinados a la demostración de la idea-fuerza reducidos a una suposición poco menos que apriorística, o a lo sumo con una o dos cifras resumen basadas en alguna fuente “compleja de desentrañar (‘que no es ocasión ahora de aburriros con ellas’)”.  ¿Quién no ha asistido a presentaciones con un engañoso y único número en grande en la ‘slide’ indicando un porcentaje o cantidad por el que preguntarse qué protocolo de objetividad se ha seguido para llegar a él?  Mi deformación profesional como ingeniero me revuelve contra estas estrategias de simplificación que bajo la coartada de hacer falso honor a la cita de Einstein  –¡cómo no también traída a colación en este curso!- referida a no saber explicar de forma sencilla lo que no se entiende bien, convierten en difícil de creer lo que sí sería fácil de reforzar con demostraciones sencillas que cada vez más desaparecen de las presentaciones… 


miércoles, 21 de noviembre de 2012

'Jot Down' y... ¡ay! otra "pequeña guía financiera"

Portada del núm.2 de Jot Down dedicado a las series de TV
Descubrí esta revista-magazine de reciente edición también en formato papel (para los fans pronunciar 'jodaun') fisgando en la superviviente librería Cámara de Bilbao de la C/ Euskalduna, pero luego ya la he visto en muchas más librerías, y recomiendo encarecidamente su núm.2, dedicado a las series televisivas (con especial dedicación a las de HBO): Fácilmente reconocible por su magnífica portada con Frasier el psiquiatra y su hermano Niles brindando con café. Todo un lujo de colaboraciones y artículos...
Y estrenándome con la lectura de su edición en la red de un artículo de Enric González titulado "Pequeña guía financiera" -es verdad que bastante ameno- me permití realizar el siguiente comentario al mismo como respuesta, tratando de poner coto a mi manera a lo que yo denominaría, "peligrosas simplificaciones que ocultan el objetivo inconfesable de generar una servil resignación" ;)  
Gracieta, ‘boutade’, artículo ameno,… ¿o cinismo?: Cómo se puede decir: “¡Váyase a Nueva Zelanda con sus 100.000 €!” de la misma forma que nuestros millonarios ya lo hacen con sus no cien mil, sino doscientos mil o un millón a sus paraísos fiscales sin invertir un duro en España. Para semejante recomendación, ni explicación pedagógica ni nada: más parecería la respuesta fácil en consultorio (‘financiero’) a quién preguntase: ¿qué me aconseja para mis ahorros? En vez de por ejemplo como le responde bien un tal Julio J., “pues contratando (y dándole así empleo) a un arquitecto, podrías sacarle una rentabilidad de 6,5% a esos cien mil € reformando un apartamento”, o como Mararbes propone pagar deuda contraída de huevos con natillas o… (emprendedores y gente formada tiene España se lo aseguro). ¿Por qué está de moda ser simplificador en las explicaciones económicas -como bien previenen Víctor o Raúl M en sus comentarios-, con comparaciones del tipo: “las cuentas del Estado son como las de una familia”, o “si se gasta más que se ingresa pues pasa lo que pasa”, y cosas por el estilo?: Pues para vender la moto del “No-Hay-Más-Remedio-Que” -como viene a señalar a su manera otro comentario, esta vez de un tal Kozkilla-. Y así ocultar tras una espesa cortina de argumentos deslumbrantes por aparentemente prístinos que en realidad “la confianza de los mercados” (que haga bajar/subir la prima de riesgo, etc.) es una variable procedente de una decisión política por ejemplo de los estados acreedores tipo Alemania o de inversores financieros poderosos con ayuda de las agencias de (des)calificación). También ocultar que los ingredientes financieros de las cuentas de un Reino o República presumen de suyo ciclos de déficit y superávit, de deudas grandes o pequeñas, de crecimiento y recesión, que estaría en manos de los representantes legítimos de la ciudadanía contrarrestar ['contracíclicamente' como diría el premio Nobel de Economía  Paul Krugman (ver artículo  "Un nuevo estímulo económico" ) o la propia Dilma Rousseff  ( que ha arremetido contra la austeridad pidiendo el crecimiento en Europa ), como se ha podido hacer siempre para superar cuantas crisis han sufrido los Estados en democracia: Sin llegar al abismo de ceder todo a las "fuerzas ciegas de la economía” (sic), en realidad a las de intereses de autoridades ilegítimas por externas al propio sistema de representación de que nos dotamos los ciudadanos. Sin despojar al poder político de todo lugar en este entierro, al objeto inconfesable de condenar a la indignidad -como pretenden los actuales vientos que agitan el sempiterno librillo liberal -cual Libro Rojo de Mao de nuestros días excepto por el momento en la Francia de Hollande-, a la gran masa de población que no tenga cien mil € para ”huir” a Nueva Zelanda.
La presidenta de Brasil, Dilma Roussef,  con
 el rey Juan Carlos durante la Cumbre en Cádiz en nov.2012 (Pool/AFP, J.J. Guillén)

martes, 26 de junio de 2012

A vueltas con el ser ...español

De Richard Morrell/Corbi
Hace poco recibí un correo ‘viral’ con una “reflexión sobre la mediocridad que nos rodea” que venía encabezado así: "Seamos o no de cualquier tendencia, izquierda, derecha centro o de nada, no puede ser más real. Es inteligente y con sentido común, venga de donde venga. No dejéis de leerlo"  Y este es su contenido:
El triunfo de los mediocres
 Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo. Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o una huelga general. Reconocer que el principalproblema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre. Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente. Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan. Porque son de los nuestros. Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia. Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura. Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional. Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir incluso a las asociaciones de víctimas del terrorismo. Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado. Mediocre es un país que no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir. Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas. Es mediocre un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada. Un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza. Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.


Pero mi modesta opinión es la siguiente:

Hay una gran tradición en la prensa de opinión y literatura españolas, representada principalmente por la noventayochista, en preguntarse sobre las causas del secular declive de España como tal, de la esencia que anida en sus gentes que la ‘impiden levantarse’ o al menos ser merecida deudora de legados originarios de cosmopolitismo europeo encarnados (sic) por nuestros antepasados castellano-aragoneses del primer conato de Reino y sobre todo de los primeros Austrias, que hubieran sido traicionados una y otra vez con cada nueva generación de españoles que les sucedieron. Siempre sería lo tolerado por esos españoles la causa de tal o cual paso atrás, en la medida en que su idiosincrasia iría pareja en el tiempo con un modo de ser muy íntimo en ese ser español que premia a los infaustos y denigra la inteligencia, hundidas probablemente sus raíces en una fuerza incontestable de la Iglesia de Roma que se beneficiaba de la ignorancia y la propiciaba por ello mismo, y que el Viejo Régimen sostuvo a capa y espada mientras pudo, que fue mucho. Paradójicamente, alguien de esa generación al que le “dolía España” hizo célebre esa frase de “que inventen ellos”, lo que habla de los peligros de realizar esa reflexión en el vacío sin atenerse a un método de análisis de la realidad menos ligado a las gacetas y tertulias al uso y más a lo que sería una publicación científica o universitaria.
No ha pasado tiempo ni nada, y un mismo razonamiento reaparece con cada nueva crisis del estado-nación que nunca fue España, siendo el más popular diagnosticar el más pesimista de los augurios: la razón de ser de nuestras penalidades está en nosotros mismos, y como si desde un manual de autoayuda psicológica se tratase, se nos conmina a analizarnos nuestra congénita mediocridad, bueno, la de los que nos rodean: "No hay mas que ver al vecino tragarse programas infumables, ver conducir a descerebrados en la carretera, observar las semanas caribeñas de un prócer de la patria sin que se le tuerza el gesto al infractor, no saber un dirigente mas que su idioma materno…" para colegir que, debido a la mediocridad de los otros –y a nosotros ‘por consentirlo’-, “estamos como estamos”. Tamaño análisis no es gran cosa (pues comportamientos en carretera, programas de tele-realidad, adolescentes mofándose del “empollón” o presidentes monolingües así  hay en muchos otros países poderosos –“no mediocres”- pues alpistes hay para todos), y no deja de permitir cómodamente hurtarnos un análisis más pormenorizado de mecanismos históricos y de lucha entre clases, gremios, sectores, territorios, etc. que conducen a tal o cual estatus quo en el que se impongan las injusticias, los desmanes, el latrocinio institucional o corporativo, etc. y es ahí donde los diagnósticos empiezan a diferir. Y a expresarse en las distintas arenas, la política una de ellas: Y no hay más letal para superar un estado de cosas así que denigrarla de entrada como viciada de origen por representar intereses distintos.
El ‘todos son iguales’. o ‘todos hacen lo mismo’  ha propiciado que se auparan unos en lugar de otros en momentos claves de nuestra historia; el no proponernos nosotros mismos aun considerándonos ‘más inteligentes' pero sin querer mancharnos con la acción política tan desprestigiada;  etc.  ha dado al traste con pequeños pasos recorridos en España en direcciones de progreso [¿o es que se niega que hayan sido dados algunos en nuestra historia, aun a costes humanos y de tiempo insufribles y ¡ay! trágicos para muchos de esos españoles?].´
El artículo de este correo, como otros muchos que los motiva una encomiable intención regenerativa pero en términos de impotente “queja existencial” de nuestra inconscientemente colectiva mediocridad, conduce a un peligroso racismo “hacia dentro” (ya se sabe: LOS ingleses, son así, LOS franceses asao… y LOS españoles de esta otra manera –y no precisamente hinchando el pecho para que no digan). Mi hipótesis para no enrollarme, es que con los mimbres reales es preciso forzar la realidad en la dirección que expresan muchas de las quejas del correo, y por poner un ejemplo, ni se me ocurre no expresar en cuanto foro -manifestación o huelga incluidas- se propicie a ello, el impedir que recorten en educación e investigación, y me cuidaré de votar a los políticos que priorizan el pago de no sé cual deuda de un banco a ese interés superior que es una garantía de futuro para el país y generaciones futuras. Y en este tipo de cosas, no todos son iguales, aunque si supieran más lenguas y hubieran viajado más, mejor, pero por favor, ¡nunca a un Registrador de la Propiedad! ;)


Y hablando de mediocridad, he encontrado estas divertidas citas...:

Los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance.
François de la Rochefoucauld (1613-1680) Escritor francés.

En esta vida algunos hombres nacen mediocres, otros logran mediocridad y a otros la mediocridad les cae encima.
Joseph Heller (1923-1999) Escritor norteamericano.

La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta.
Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) Escritor británico.

Una de las mayores pruebas de mediocridad es no acertar a reconocer la superioridad de otros.
Jean Baptiste Say (1767-1832) Economista francés.

Los hombres mediocres, que no saben qué hacer con su vida, suelen desear el tener otra vida más infinitamente larga.
Anatole France (1844-1924) Escritor francés.

Sólo conviene la mediocridad. Esto lo ha establecido la pluralidad, y muerde a cualquiera que se escapa de ella por alguna parte.
Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés.

Sólo una persona mediocre está siempre en su mejor momento.
William Somerset Maugham (1874-1965) Escritor británico.

La mediocridad no se imita.
Honoré de Balzac (1799-1850) Escritor francés.

La mediocridad es lo excelente para los mediocres.
Joseph Joubert (1754-1824) Ensayista y moralista francés.